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Misiones: A través del espejo.

¿Alguna vez has tenido un momento en el que todo se sale de su curso normal y no le encuentras sentido a lo que estás viviendo porque no sigue las reglas del mundo al que perteneces? 


¿Sí? 


Yo también. 


Yo, como muchas otras cristianas en sus veintes, me encontré experimentando una pasión y llamado de hacer lo que pudiera para llevar el mensaje del Evangelio a aquellos que no lo había escuchado antes. En las misiones internacionales. 


Inicié como la mayoría de los aspirantes a misioneros: buscando una agencia encarga de enviar misioneros. Después de todo, un corazón lleno de pasión no compra billetes de avión ni proporciona alojamiento. Había muchas entre las cuales elegir. Todas tenían formas de llevar a cabo la tarea distintas, diferentes maneras de lograr sus objetivos, diferentes niveles y tipos de apoyo para su equipo, buscaban diferentes conjuntos de habilidades y tipos de personalidad. Finalmente me decidí por una que me pareció adecuada y comencé el proceso de solicitud. 


Sabía que presentar la solicitud no sería tarea fácil, pero no estaba preparada para todo lo que vendría con ello. Nunca me habían hecho tantas preguntas detalladas sobre CADA aspecto de mi vida, mi fe y mi salud. Luego vinieron los requisitos que tendría que aceptar: DEMASIADAS REGLAS. Normas sobre creencias, comportamiento, responsabilidades, finanzas, relaciones y condición física. Todo esto se planteaba como un deseo de la agencia de ser buenos administradores de sus recursos. Enviando sólo lo mejor de lo mejor. La crème de la crème. Algunas cosas tenían sentido a la luz de la tarea a la que me estaba comprometiendo, pero otras me parecían realmente invasivas y controladoras de una forma que no era del todo bíblica. Me dije a mí misma que estaba bien... que no importaba exigirme a mí misma un nivel más alto si eso significaba que tendría el privilegio de hacer misiones con esta agencia. 


Finalmente llegó la fantástica y aterradora noticia de que me habían aceptado en la agencia y para el trabajo en específico que había solicitado. Me pusieron en contacto con el equipo de campo al que me uniría. Me dijeron que aún no me conocían, pero que me amaban y me querían allí con ellos. Que estaban encantados de que me uniera a su equipo. Que marcaría una gran diferencia allí. 


Las primeras semanas en mi nuevo hogar fueron una introducción al equipo, la ciudad, el idioma, la cultura, la comida y el trabajo. Fue un torbellino de emociones. Todos me afirmaron que seguirían a mi lado y que me ayudarían a recordar lo que necesitara más adelante; que sabían que era imposible que me lo aprendiera todo de golpe. Me convertí en "tía" y "hermana mayor/pequeña" de mis compañeros y sus hijos. Mi trabajo era complicado, pero sentí que mi experiencia laboral previa me había preparado bien para ello. Me costó mucho aprender el idioma, pero lo aprendí rápidamente, incluso la mayoría de las personas locales con los que me relacionaba me felicitaban por mi capacidad para hablar su idioma. Aprendí dónde estaban los sitios importantes, a utilizar el transporte público y a comprar comida. En general, ¡en un par de meses ya funcionaba como una adulta independiente! 


Estaba viviendo el sueño.  


Pero muy pronto empecé a notar que algunas cosas en mi equipo no eran como yo esperaba. Las interacciones entre ellos eran difíciles, tensas y tenían un matiz de juicio severo. Pero yo era nueva. Seguramente no estaba comprendiendo bien. Seguramente estaba equivocada. ¿Quizá estaban teniendo un mal día? ¿Una mala semana? ¿Un mal mes, quizá? 


Pero no me equivocaba. Resulta que había una ruptura en sus relaciones entre ellos desde hacía años. Habían pasado unos años muy difíciles, con mucha agitación y cambios políticos en el país. Hasta el punto de que, aunque se reunían en equipo, eran abiertamente antagónicos. Se podía sentir la tensión en la sala durante las reuniones que estaban destinadas a la oración y la camaradería. Los líderes eran duros y denigrantes en sus palabras hacia los demás, y finalmente hacia mí. Me di cuenta de que parte de lo que esperaban de mí era que les sirviera de mediadora. Querían que mejorara las cosas para todos. Que fuera una amiga, una consejera, una persona que compartiera la carga, una tía y una niñera para sus hijos. Nada de estas tareas estaba en los folletos de la misión. Tampoco estaba en la descripción de mi trabajo. En lo que se refiere a mi trabajo, se esperaba de mí que estuviera disponible en todo momento. Se me presionaba para que respondiera a preguntas detalladas sobre el trabajo, incluso durante las reuniones sociales o en la iglesia. Si les hacía frente, sus reacciones eran bruscas, feroces y, a veces, públicas. Se alegraban de que alguien hiciera la tarea, pero criticaban duramente mi desempeño. 


Aun así, yo quería hacer y serlo todo para ellos. Ser la salvadora del equipo. Pero Dios nunca quiso que los seres humanos fueran los salvadores de los demás. Lo mejor de mí nunca fue suficiente. Nunca fui suficiente. Su actitud hacia mí se volvió bastante fría. Rara vez me invitaban a pasar tiempo fuera del trabajo con ellos, y si les pedía tiempo me hacían sentir que no era bienvenida. A pesar de que mis clientes, compañeros y supervisores no pertenecientes al equipo sólo tenían cosas buenas que decir sobre mi rendimiento laboral y su impacto positivo, los supervisores de mi equipo seguían sin impresionarse. 


Yo era una mujer soltera de veintitantos años con un conocimiento limitado del idioma en un país muy patriarcal. Por muy competente que fuera, seguía necesitando ayuda para algunas cosas. Cuando se las pedí, todo el apoyo que me aseguraron que me darían... todas las palabras sobre ser amada y deseada... se quedaron en nada. Su respuesta era que se lo pidiera a otra persona o que lo resolviera yo misma. Que ayudarme no era su responsabilidad. Cuando algo iba mal en mi casa, me decían que diera gracias por tener una casa tan bonita. Las cosas llegaron a tal punto que cuando no tenía calefacción en pleno invierno, no me molesté en decir nada. Me puse varias capas de ropa bajo el abrigo y dormía bajo todas las mantas y alfombras gruesas que tenía para mantenerme caliente. 


Todo era TAN confuso. Tan frustrante. Tantas noches sin dormir pidiendo ayuda a Dios, intentando comprender, culpándome a mí misma, vociferando en la oscuridad de mi casa vacía. Tantas conversaciones con ellos tratando de guiarlos hacia Jesús, de ser esa mediadora que querían que fuera, de empujarlos hacia el cambio. Pero nunca sirvió de nada.  


Estas personas eran misioneros, ¡por el amor de Dios! Se suponía que debían amar a los demás. Estaban allí con la misma agencia que tan cuidadosamente me investigó a mí. Recibieron la misma formación que yo y aceptaron las mismas normas de comportamiento que yo. Esto estaba mal. El trato que se daban entre ellos y el que me daban a mí estaba mal. Sin duda, la agencia no sabía lo que estaba pasando. Si lo supieran, harían algo al respecto… ¿verdad?  


¿Enviarían ayuda? 


Pero no lo hicieron. 

 

Me puse en contacto con el equipo de apoyo. La parte de la agencia cuyo único propósito era proporcionar atención de apoyo a las personas en el campo. Las personas en posición de exigir cambios. Les expliqué lo que estaba ocurriendo con la esperanza de que se horrorizaran y actuaran en consecuencia. Pero su respuesta fue compadecerme por la dificultad de la situación y animarme a aguantar hasta el final de su periodo... dentro de un año. Me dijeron que no iban a intervenir ni a enviar ayuda. Las visas eran difíciles de conseguir, mis líderes tenían un ministerio establecido, eran amigos de sus propios líderes de campo. Sí, entendían que su comportamiento era incorrecto, perjudicial y contrario a la política. Sin embargo, no, no iban a abordarlo. 


Así que hice lo que me pidieron y aguanté hasta el final de su periodo, y del mío. Me fui a casa con la sensación de que había dado todo lo que era y no había sido suficiente. Había fracasado. Mi equipo seguía siendo un desastre. Mi tarea se sentía incompleta. Me había propuesto llevar esperanza a los desesperanzados. La verdad a las naciones. Sin embargo, parecía que mi equipo misionero había tenido un permiso implícito para destrozarme. Mi corazón estaba destrozado por mí misma y por las oportunidades evangélicas que nunca llegaron debido a que el equipo estaba tan centrado en ellos mismos. Nunca había visto, y mucho menos experimentado, una destrucción tan desenfrenada dentro de círculos cristianos. 


Una vez de vuelta en Estados Unidos, me sentí perdida. Expuesta. Como si me hubieran frotado el alma con lija. La gente esperaba historias aventureras de lugares exóticos lejanos, nacionales que venían a Jesús en masa, percances lingüísticos o culturales divertidos. Nadie sabía lo que había pasado. Las dinámicas de equipo tóxicas, el liderazgo abusivo en el campo y las políticas institucionales que lo permitieron no son exactamente el tipo de cosas que uno pone en sus boletines misioneros. La agencia también nos había animado a distanciarnos de la gente en casa para que pudiéramos concentrarnos mejor en la tarea que teníamos entre manos. En última instancia, no tenía ni idea de cómo entender, y mucho menos de cómo describir, lo que había vivido. ¿Cómo contar una historia para la que no tienes palabras? ¿Cómo decir que todo ocurrió en una agencia misionera muy respetada... y con su pleno conocimiento? Sonaba tan inverosímil e improbable. 

 

Yo todavía quería que la gente conociera a Jesús. De alguna manera todavía creía que la agencia era buena y eficaz. Que simplemente había tenido una mala experiencia de equipo. Sin duda había gente estupenda en otros lugares. Había conocido a muchas de ellas a lo largo de mi periodo. Quizá si hubiera recibido más y mejor formación y hubiera vuelto a otro lugar. Si investigara mejor a mi equipo antes de unirme a ellos. Quizá entonces sería la misionera triunfante y comprometida con Jesús que todos esperaban. Podría funcionar... ¿Verdad? 


Sin embargo, con el tiempo llegué a comprender que incluso las agencias más respetadas y teológicamente sólidas como ésta pueden contratar y tener, -y de hecho lo hacen- políticas y personas perjudiciales y abusivas. Pueden ser increíbles en su tarea de enviar misioneros a los rincones más remotos del planeta. Pueden tener estrategias cuidadosamente pensadas para llegar a las naciones. Pueden investigar minuciosamente a los candidatos, tener reglamentos estrictos y establecer todo tipo de sistemas de apoyo. Pero si no están dispuestos a considerar que sus propias políticas pueden causar daño, o a abordar las prácticas abusivas del personal de campo, se convierten en cómplices del abuso de su propia gente. 


Esto va en contra del corazón mismo de Dios. La Biblia señala repetidamente la bondad y compasión de Dios hacia su pueblo y nos ordena ser amables y compasivos en nuestro trato con los demás. Que hagamos a los demás lo que quisiéramos que nos hicieran a nosotros (Mt 7:12). Considerar humildemente a los demás por encima de nosotros mismos y velar por sus intereses (Flp 2:3-4). Demostrar nuestra fe con nuestros actos (St 2:14-17). Amar como Él nos ha amado (1 Jn 4:7-8). Cuando las agencias que se encargar de enviar misioneros se niegan a cambiar sus políticas abusivas o a actuar ante las denuncias de personal abusivo, fracasan en la tarea más básica como cristianos... amar como Dios ama. 

 

-Una sobreviviente al abuso espiritual. 

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