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El poder restaurador de Jesús y la conexión amorosa

Nos encanta explorar juntos el mundo de nuestro Padre. No hay nada como

nuestros momentos de papá e hija escalando cascadas, explorando senderos

misteriosos y enfrentando desafíos inesperados donde necesitamos el uno del

otro para superarlos. Nos encanta estar unidos en amor y propósito, porque

estas experiencias nos acercan y forman la base de los hermosos recuerdos

que estamos creando. En nuestras aventuras, Dios a menudo nos recuerda la

importancia de las relaciones saludables, entre nosotros y en el cuerpo de

Cristo, mediante ilustraciones físicas que Él usa en el diseño de sus criaturas

(Romanos 1:20).


Por ejemplo, considera el liquen conocido como “barba de viejo”. Parece una

planta, pero en realidad está compuesto por dos organismos: un hongo y un

alga que viven en una relación mutualista. Se necesitan mutuamente para

prosperar y sobrevivir. El hongo protege al alga del entorno y le provee

humedad, mientras que el alga produce alimento para ambos. Están en su

mejor estado y más saludables cuando trabajan juntos. Esto se conoce como

simbiosis mutualista. Aunque los ecólogos debaten los matices de estas

relaciones, la conclusión es clara: ambos organismos florecen cuando están en

unidad. Compartimos esta notable criatura como una metáfora viva del diseño

intencional de Dios y de la belleza y necesidad de relaciones compartidas y de

apoyo entre su pueblo. Nuestra salud espiritual y emocional alcanza su punto

máximo cuando estamos conectados al verdadero Salvador de la humanidad

y unidos en relaciones mutuas (Juan 17:20-25; 1 Corintios 12:1-26).


Pero el mundo de nuestro Padre está caído y distorsionado (Génesis 3).

También vemos esas distorsiones en nuestras exploraciones. Por ejemplo, las

aparentemente inofensivas semillas de la cuscuta oriental caen al suelo y

esperan el momento oportuno para germinar. No se conforma con vivir en

relaciones de mutuo intercambio, sino que esta planta parásita encuentra

plantas vulnerables, a menudo jóvenes, y las enreda en sus espirales. El

crecimiento del huésped se detiene, lo que permite que la cuscuta penetre sus

tejidos y le robe vitalidad succionando su energía. Es una relación unilateral:

ignora límites, no le importa el huésped y toma lo que no es suyo para

satisfacer sus propias necesidades. Puede parasitar muchas especies, pero es

especialmente dañina para los cultivos de arándano. Controla y manipula su

vida hasta impedir que crezcan a su potencial. El resultado es un cultivo

debilitado y sin fruto. Sin intervención cuidadosa, puede reducir la producción

entre un 80 y 100%. Así como la cuscuta drena la vida de su huésped, el abuso

parasitario en las relaciones humanas hace lo mismo con el alma. Pero hay

esperanza. Cuando la cuscuta es removida cuidadosamente, la planta

huésped comienza a recuperarse. De la misma manera, cuando una iglesia o

grupo religioso es infestado por falsos maestros abusivos que han drenado la

vitalidad de sus miembros, el verdadero Dios, junto con sus verdaderos

seguidores, puede removerlos o animar a los heridos a salir, para que la

sanidad restauradora y el fruto puedan volver.


Yo (Tom) soy ecólogo y consejero licenciado en trauma, y yo (Carissa) me

estoy formando como consejera en trauma. Como miembros de la familia de

Dios, nos honra acompañar a quienes han sido profundamente debilitados y

heridos por negligencia, abandono y abuso espiritual. Esto no es solo teoría; es

personal. Yo (Carissa) crecí en un entorno traumático, donde parásitos de tipo

narcisista ya estaban establecidos. Invadieron límites personales y parasitaron

mi alma con abuso y negligencia. Nunca tuve espacio para crecer en plenitud

emocional o espiritual. Mi alma fue atrofiada bajo capas de dolor y enojo.

Durante 30 años luché con ese peso hasta que Dios extendió un salvavidas y fui

“adoptada” en una familia amorosa y segura. Por primera vez experimenté el

verdadero amor y la unidad de propósito, y conocí el verdadero carácter de

Dios. ¡Y vaya que su carácter es maravilloso! Él es eterno, inmutable y

omnisciente (Colosenses 1:17; Malaquías 3:6; Isaías 46:9-10). Pero también es

amor, justicia, compasión, paz, bondad, mansedumbre, fidelidad, dominio

propio y paciencia (1 Juan 4:8; Deut. 32:4; 2 Cor. 1:3-7; Gál. 5:22-23). La sanidad

comenzó con dos personas que me vieron, me escucharon y permanecieron.

Allí, la restauración empezó.


Lo mismo puede decirse de la familia más amplia de Dios. Muchos conocen lo

que describimos. Si luchas con depresión, enojo, temor o desconfianza porque

líderes parasitarios drenaron tu identidad y productividad mediante control

espiritual y manipulación, conoces la vergüenza injusta de sentirte debilitado.

En esos momentos necesitamos más que nunca la compasión del verdadero

Jesús y la edificación mutua de su pueblo. Pero esa compasión puede ser difícil

de encontrar.


La vergüenza puede ser el resultado más devastador del abuso espiritual. Es

importante distinguirla de la culpa. La culpa, y la convicción del Espíritu, es una

alerta amorosa de que algo está mal. Dios corrige porque ama (Hebreos 12:6).

Pero el abuso produce una vergüenza que susurra: “Yo soy el problema y no

tengo redención”. Distorsiona la imagen de Dios en nosotros. La buena noticia

es que ese mensaje no viene de Dios. Jesús llevó nuestra vergüenza en la cruz y

puede transformarla en alabanza (Heb. 12:2; Sof. 3:19; 1 Pe. 2:6). Dios no nos llama

por nuestras heridas, sino por nuestro nombre. En su presencia, la vergüenza

pierde su voz.


¿Cómo encontramos restauración después del parasitismo espiritual? A través

de nuestra necesidad profunda del Salvador, su poder transformador y la

edificación mutua. Edificar es construir y poner ánimo en otro. El Nuevo

Testamento nos llama a apoyarnos, animarnos y fortalecernos. Pablo nos

exhorta a ser humildes, pacientes y a mantener la unidad del Espíritu (Efesios

4:2-3).


Jesús nos diseñó para caminar juntos: escucharnos, vernos y cuidarnos. A

diferencia del parasitismo, la edificación es mutualista. Da y no quita.


“Procuremos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación” (Romanos

14:19).

“Anímense y edifíquense unos a otros” (1 Tesalonicenses 5:11).


Jesús dijo: “Ámense unos a otros. Como yo los he amado” (Juan 13:34-35).

Nuestro amor demuestra que somos sus discípulos.


La edificación produce fruto cuando oramos unos por otros (Santiago 5:16),

vivimos en armonía (Romanos 12:16), servimos con amor (Gálatas 5:13),

llevamos cargas (Gálatas 6:2), perdonamos (Efesios 4:32), enseñamos con

sabiduría (Colosenses 3:16) y estimulamos al amor y a las buenas obras

(Hebreos 10:24).


Sin embargo, la edificación puede no ser suficiente para sanar heridas

profundas. Es crucial buscar apoyo de profesionales capacitados en trauma y

centrados en Cristo. En beEmboldened podemos conectarte con sobrevivientes

y líderes espiritualmente saludables que te acompañen hacia la sanidad y

plenitud.


Ya sea en la cima fría de una montaña o en un valle sombrío, recordamos el

amor constante de Jesús. Él nos dio su Espíritu para guiarnos y capacitarnos a

amar, apoyar y caminar en unidad. Ese es el corazón de nuestro Creador: Padre,

Hijo y Espíritu en perfecta comunión. En ese poder restaurador encontramos

sanidad y esperanza en la conexión amorosa.

 
 
 

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